Esta mañana le estaba poniendo a Olivia una de sus muchas camisetas de dinosaurios y
me ha soltado que "los dinosaurios son de chicos, que se lo ha dicho
Fulanito de su clase". Estupendo, con tan solo 4 años ya le están
arrebatando cosas. Estoy que muerdo 🤬
Me ha reconfortado su cara de alivio cuando le he dicho que los
dinosaurios NO son de chicos, que eso es una estupidez, porque a ella le
encantan. De hecho, el año pasado fue el tema central de los proyectos
en su cole y lo disfrutó un montón. Se ha ido a clase la mar de contenta
con su camiseta de dinosaurios azul (su color favorito).
¿Cómo
puede alguien transmitir la absurda idea de que unos contenidos
científicos son solo de un género? Desde Primero de infantil diciéndoles
a las niñas que hay conocimientos que no les pertenecen... Es
increíble. A veces siento que aún vivimos en el medievo.
Olivia, mi niña, yo cambiaré el mundo por ti 💜
(No tengo foto de la susodicha camiseta pero si de otras de la colección. ¡Toma dinosaurios!)
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jueves, 21 de noviembre de 2019
Olivia y los dinosaurios
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miércoles, 8 de marzo de 2017
8 de marzo, día de las Mujeres
Un año más, quiero agradecer de corazón todas las felicitaciones recibidas en este día tan especial. Yo también os deseo a todos y todas un feliz día y una feliz semana.
No obstante, siento la necesidad de volver a explicar que hoy no se celebra ninguna festividad, ni es el santo de nadie, ni mucho menos brindamos por lo fantástico que resulta ser mujer. No nos tienen que dar las gracias por ser madres e hijas, novias o esposas. Yo, sinceramente, me conformo con que no menosprecien todo el trabajo que las feministas llevamos a cabo cada día con mucha ilusión y mucho esfuerzo, porque realmente creemos que otro mundo es posible y no nos vamos a rendir. Es más, me atrevo a proponeros que hoy os dediquéis a escuchar y a aprender, es lo que yo pienso hacer.
El 8 de marzo no es una fiesta, es un día necesario para visibilizar una lacra social terrible: la desigualdad de género. Hoy salimos a la calle para conmemorar a aquellas mujeres trabajadoras que dieron sus vidas para reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres. Gracias a la lucha que ellas emprendieron, a día de hoy las mujeres podemos disfrutar de muchos derechos que los hombres ya poseían, algunos impensables hace apenas unas décadas, pero todavía queda mucho trabajo por hacer hasta alcanzar una igualdad social verdadera, esa que nos hará libres y felices. Esa que nos dejará vivir.
No dejemos que este día pase sin más. No dejemos de pelear. Por un mundo tolerante, respetuoso y justo. Feliz día y feliz lucha.
No obstante, siento la necesidad de volver a explicar que hoy no se celebra ninguna festividad, ni es el santo de nadie, ni mucho menos brindamos por lo fantástico que resulta ser mujer. No nos tienen que dar las gracias por ser madres e hijas, novias o esposas. Yo, sinceramente, me conformo con que no menosprecien todo el trabajo que las feministas llevamos a cabo cada día con mucha ilusión y mucho esfuerzo, porque realmente creemos que otro mundo es posible y no nos vamos a rendir. Es más, me atrevo a proponeros que hoy os dediquéis a escuchar y a aprender, es lo que yo pienso hacer.
El 8 de marzo no es una fiesta, es un día necesario para visibilizar una lacra social terrible: la desigualdad de género. Hoy salimos a la calle para conmemorar a aquellas mujeres trabajadoras que dieron sus vidas para reivindicar la igualdad entre hombres y mujeres. Gracias a la lucha que ellas emprendieron, a día de hoy las mujeres podemos disfrutar de muchos derechos que los hombres ya poseían, algunos impensables hace apenas unas décadas, pero todavía queda mucho trabajo por hacer hasta alcanzar una igualdad social verdadera, esa que nos hará libres y felices. Esa que nos dejará vivir.
No dejemos que este día pase sin más. No dejemos de pelear. Por un mundo tolerante, respetuoso y justo. Feliz día y feliz lucha.
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miércoles, 11 de enero de 2017
Sobre los hombres de rosa
Ayer en clase mi alumno practicaba la división con un puñado de bolis bic. Si tengo siete bolis y los divido entre dos... tocamos a... El crío empieza a repartir los bolis, uno para mí y otro para él. De repente, se da cuenta de que en su montón está el bic rosa.
- ¿Me lo cambias? Es que no me gusta.
- ¿Por qué no te gusta?
- Es que es rosa.
- ¿Y qué tiene de malo el rosa?
- Que es un color de niñas.
- Jajaja, eso no es verdad. ¿Quién te ha dicho esa tontería?
- No sé, la gente.
- La gente no tiene ni idea. A Cristiano le gusta el rosa.
- (Risitas). No me lo creo...
Busco en Google: Equipación del Madrid rosa.
Ojos como platos.
- ¿Ahora ya te gusta más el rosa?
- ¡Síiiiiii!
- ¿Me lo cambias? Es que no me gusta.
- ¿Por qué no te gusta?
- Es que es rosa.
- ¿Y qué tiene de malo el rosa?
- Que es un color de niñas.
- Jajaja, eso no es verdad. ¿Quién te ha dicho esa tontería?
- No sé, la gente.
- La gente no tiene ni idea. A Cristiano le gusta el rosa.
- (Risitas). No me lo creo...
Busco en Google: Equipación del Madrid rosa.
Ojos como platos.
- ¿Ahora ya te gusta más el rosa?
- ¡Síiiiiii!
![]() |
| Me gustan los hombretones de rosa 😎 |
lunes, 9 de enero de 2017
Sobre mis feminismos
A pesar de la creciente oleada de machismo (o postmachismo) que estamos viviendo y de que las desigualdades por motivos de género son todavía una realidad, sigue dando miedo pronunciar la palabra maldita. Feminismo. Uuuhhh...
Hasta hace poco tiempo a mí también me costaba pronunciarme públicamente sobre estos temas, incluso en entornos familiares o con amigos, pues era excesivo el malestar que me provocaban las reacciones de desprecio y burla de la gente. Me hacían sentir sola en el universo, como si estuviera medio loca, hablando siempre de lo mismo, de "mis feminismos", como si todos los problemas relacionados con el género no le afectasen a nadie más, o no tuvieran importancia. Ante las afirmaciones categóricas de esta gente que todo lo sabe (ya casi no hay machismo, exageradas, lo vuestro son paranoias, estáis obsesionadas, o acomplejadas, las feministas de antes vale pero vosotras...) me sentía desarmada, asustada, frustrada, con ganas de salir corriendo y llorar. Eso es lo que hacemos las mujeres bien enseñadas, ¿no? Callarnos y llorar en un rincón. Y parece ser que algunas están conformes con eso.
Bueno, pues yo no. Yo ya estoy hasta el coño. Me importa un carajo si a alguien le ofenden mis publicaciones con consignas feministas en facebook, mi desprecio hacia los juguetes que enseñan a las niñas a ser frívolas y cursis y a soñar con ser mamás perfectas, mis quejas sobre lo injusto que resulta que tengamos que planificar al dedillo nuestros embarazos para no salir tan mal paradas, o que directamente tengamos que renunciar a nuestars aspiraciones profesionales, que SU apellido vaya delante del mío, que me tengan que explicar todo por si no lo entiendo, que me adjudiquen tareas que no me corresponden, que infravaloren mi trabajo, que me juzguen como madre. A la mierda todo.
Todos sabemos que el mundo es multicolor y que las opiniones son las de cada uno, en base a sus experiencias y visión del mundo. Y, aunque yo tengo mis propias opiniones y gustos personales, cargados de matices y contradicciones, respecto a los debates sobre feminismo me siento cada día más tranquila y segura de mí misma, pues ya puedo hablar desde otro nivel, que es el del conocimiento académico. Está claro que no cualquiera puede hacer un Doctorado, hay que superar numerosos retos y demostrar un dominio del tema sobre el que quieres investigar ante una serie de expertos. Yo en ello estoy, muy centrada en mis cursos y lecturas, orgullosa de mis avances, aprendizajes, publicaciones... Además cuento con el apoyo incondicional de mi tutora, una mujer excepcional que me enseña cosas fascinantes. Así que ahora no me pienso dejar avasallar.
En relación a este tema, me gustaría hacer un inciso. Algunas personas de mi entorno, que tienen unos planteamientos bastante más conservadores que los míos, afirman que está feo "presumir" de los logros personales. Pero mi madre, una mujer muy sabia, me enseñó justo todo lo contrario. Alardear es algo vulgar, en eso estamos de acuerdo, pero saber aplaudirse a una misma es esencial. ¿Por qué debo fingir que no sé de algo, si soy experta? ¿Por qué debo quedarme callada cuando alguien que sabe mucho menos que yo me intenta aleccionar? ¿Por evitar que se ofenda? Por favor, qué estupidez. Si alguien se ofende porque yo sea consciente de mi valor, porque reconozca mis capacidades en voz alta, porque esté orgullosa de mis éxitos, porque argumente y debata con confianza,entonces ese alguien tiene un problema. Me niego a ejercer la falsa humildad, no va conmigo esa moda. Soy plenamente consciente de la inmensa cantidad de cosas que ignoro y que no se me dan bien, y lo que más me gusta en este mundo es aprender, pero sentirme incómoda por demostrar que sé más que otros, eso sí que no. Nuestra experiencia como mujeres nos ha empujado a percibir que nuestra opinión vale menos, a sentirnos insignificantes ante personas que intentan imponer su criterio, aunque en el fondo sean unas mediocres, a no rebatir ideas por no desagradar, por encajar, por gustar. Ya vale. Tenemos que aprender a ser conscientes de todo nuestro poder, y saber reconocerlo. Que no nos de miedo decirnos cosas maravillosas a nosotras mismas y, por supuesto, entre nosotras.
Volviendo al tema; me entraron muchas ganas de compartir estas reflexiones después de una charla muy interesante que tuve el otro día con una amiga. Lo cierto es que me alegra mucho ver cómo el término feminismo, en muchos de mis entornos, está empezando a calar con su acepción más o menos correcta. Llevo varios años teniendo que enviar a algunas personas a consultar el diccionario, incluso a amigos de toda la vida, y es agotador. No obstante, sigue perviviendo esa peligrosa idea de que existen dos tipos de feminismo, el bueno (y aceptable) y el malo (o radical); eso me dijo mi amiga. Yo le comenté que una de las acepciones del adjetivo radical es "relativo a la raíz" y, ciertamente, existe una corriente llamada feminismo radical que sitúa el origen de las desigualdades de género en el patriarcado (más información en Mujeres en Red). Entonces me dijo que ella se refería al feminismo "extremista", y esto es lo que me resultó más interesante. En este sentido, quiero aclarar un tema que aún noto confuso: está claro (¡al fin!) que feminismo y machismo no son términos equivalentes, pues el feminismo no defiende la supremacía de nadie, pero sí podrían considerarse opuestos en el sentido de que el feminismo lucha contra el machismo y se opone a él.
Ahora bien, si establecemos un paralelismo entre machismo y terrorismo, podríamos afirmar que las personas que condenan el terrorismo, que defienden activamente el respeto por los derechos humanos, que están en contra de las guerras, etc., son pacifistas, de la misma forma que las feministas denuncian las violaciones de los derechos de las mujeres, organizan manifestaciones en contra de los asesinatos machistas o escriben duros artículos muy críticos con la sociedad, entre otras cosas. ¿De verdad os parecería algo tan peligroso ser pacifista radical? "Es que todos los extremos son malos". Ya bueno, pues no. Ansiar la paz en el mundo de una forma extrema y tajante no es malo en absoluto, al igual que tampoco lo es desear que cesen los asesinatos machistas, que no se nos asigne desde el nacimiento la responsabilidad sobre el cuidado de la familia y el hogar, que no se nos hipersexualice desde niñas, y un larguísimo etc. Por eso me cuesta tanto entender a las personas que aceptan la existencia del feminismo pero no lo abrazan con todo su ser, no lo defienden, no se informan, incluso temen hablar de ello en público, no sea "que se las tache de feministas". Todos sabemos que el machismo es una lacra social pero ¿de qué sirve condenarlo en petit comité, en tu casa, sin que nadie te oiga? No olvidéis que el silencio es cómplice.
Hasta hace poco tiempo a mí también me costaba pronunciarme públicamente sobre estos temas, incluso en entornos familiares o con amigos, pues era excesivo el malestar que me provocaban las reacciones de desprecio y burla de la gente. Me hacían sentir sola en el universo, como si estuviera medio loca, hablando siempre de lo mismo, de "mis feminismos", como si todos los problemas relacionados con el género no le afectasen a nadie más, o no tuvieran importancia. Ante las afirmaciones categóricas de esta gente que todo lo sabe (ya casi no hay machismo, exageradas, lo vuestro son paranoias, estáis obsesionadas, o acomplejadas, las feministas de antes vale pero vosotras...) me sentía desarmada, asustada, frustrada, con ganas de salir corriendo y llorar. Eso es lo que hacemos las mujeres bien enseñadas, ¿no? Callarnos y llorar en un rincón. Y parece ser que algunas están conformes con eso.
Bueno, pues yo no. Yo ya estoy hasta el coño. Me importa un carajo si a alguien le ofenden mis publicaciones con consignas feministas en facebook, mi desprecio hacia los juguetes que enseñan a las niñas a ser frívolas y cursis y a soñar con ser mamás perfectas, mis quejas sobre lo injusto que resulta que tengamos que planificar al dedillo nuestros embarazos para no salir tan mal paradas, o que directamente tengamos que renunciar a nuestars aspiraciones profesionales, que SU apellido vaya delante del mío, que me tengan que explicar todo por si no lo entiendo, que me adjudiquen tareas que no me corresponden, que infravaloren mi trabajo, que me juzguen como madre. A la mierda todo.
Todos sabemos que el mundo es multicolor y que las opiniones son las de cada uno, en base a sus experiencias y visión del mundo. Y, aunque yo tengo mis propias opiniones y gustos personales, cargados de matices y contradicciones, respecto a los debates sobre feminismo me siento cada día más tranquila y segura de mí misma, pues ya puedo hablar desde otro nivel, que es el del conocimiento académico. Está claro que no cualquiera puede hacer un Doctorado, hay que superar numerosos retos y demostrar un dominio del tema sobre el que quieres investigar ante una serie de expertos. Yo en ello estoy, muy centrada en mis cursos y lecturas, orgullosa de mis avances, aprendizajes, publicaciones... Además cuento con el apoyo incondicional de mi tutora, una mujer excepcional que me enseña cosas fascinantes. Así que ahora no me pienso dejar avasallar.
En relación a este tema, me gustaría hacer un inciso. Algunas personas de mi entorno, que tienen unos planteamientos bastante más conservadores que los míos, afirman que está feo "presumir" de los logros personales. Pero mi madre, una mujer muy sabia, me enseñó justo todo lo contrario. Alardear es algo vulgar, en eso estamos de acuerdo, pero saber aplaudirse a una misma es esencial. ¿Por qué debo fingir que no sé de algo, si soy experta? ¿Por qué debo quedarme callada cuando alguien que sabe mucho menos que yo me intenta aleccionar? ¿Por evitar que se ofenda? Por favor, qué estupidez. Si alguien se ofende porque yo sea consciente de mi valor, porque reconozca mis capacidades en voz alta, porque esté orgullosa de mis éxitos, porque argumente y debata con confianza,entonces ese alguien tiene un problema. Me niego a ejercer la falsa humildad, no va conmigo esa moda. Soy plenamente consciente de la inmensa cantidad de cosas que ignoro y que no se me dan bien, y lo que más me gusta en este mundo es aprender, pero sentirme incómoda por demostrar que sé más que otros, eso sí que no. Nuestra experiencia como mujeres nos ha empujado a percibir que nuestra opinión vale menos, a sentirnos insignificantes ante personas que intentan imponer su criterio, aunque en el fondo sean unas mediocres, a no rebatir ideas por no desagradar, por encajar, por gustar. Ya vale. Tenemos que aprender a ser conscientes de todo nuestro poder, y saber reconocerlo. Que no nos de miedo decirnos cosas maravillosas a nosotras mismas y, por supuesto, entre nosotras.
Volviendo al tema; me entraron muchas ganas de compartir estas reflexiones después de una charla muy interesante que tuve el otro día con una amiga. Lo cierto es que me alegra mucho ver cómo el término feminismo, en muchos de mis entornos, está empezando a calar con su acepción más o menos correcta. Llevo varios años teniendo que enviar a algunas personas a consultar el diccionario, incluso a amigos de toda la vida, y es agotador. No obstante, sigue perviviendo esa peligrosa idea de que existen dos tipos de feminismo, el bueno (y aceptable) y el malo (o radical); eso me dijo mi amiga. Yo le comenté que una de las acepciones del adjetivo radical es "relativo a la raíz" y, ciertamente, existe una corriente llamada feminismo radical que sitúa el origen de las desigualdades de género en el patriarcado (más información en Mujeres en Red). Entonces me dijo que ella se refería al feminismo "extremista", y esto es lo que me resultó más interesante. En este sentido, quiero aclarar un tema que aún noto confuso: está claro (¡al fin!) que feminismo y machismo no son términos equivalentes, pues el feminismo no defiende la supremacía de nadie, pero sí podrían considerarse opuestos en el sentido de que el feminismo lucha contra el machismo y se opone a él.
Ahora bien, si establecemos un paralelismo entre machismo y terrorismo, podríamos afirmar que las personas que condenan el terrorismo, que defienden activamente el respeto por los derechos humanos, que están en contra de las guerras, etc., son pacifistas, de la misma forma que las feministas denuncian las violaciones de los derechos de las mujeres, organizan manifestaciones en contra de los asesinatos machistas o escriben duros artículos muy críticos con la sociedad, entre otras cosas. ¿De verdad os parecería algo tan peligroso ser pacifista radical? "Es que todos los extremos son malos". Ya bueno, pues no. Ansiar la paz en el mundo de una forma extrema y tajante no es malo en absoluto, al igual que tampoco lo es desear que cesen los asesinatos machistas, que no se nos asigne desde el nacimiento la responsabilidad sobre el cuidado de la familia y el hogar, que no se nos hipersexualice desde niñas, y un larguísimo etc. Por eso me cuesta tanto entender a las personas que aceptan la existencia del feminismo pero no lo abrazan con todo su ser, no lo defienden, no se informan, incluso temen hablar de ello en público, no sea "que se las tache de feministas". Todos sabemos que el machismo es una lacra social pero ¿de qué sirve condenarlo en petit comité, en tu casa, sin que nadie te oiga? No olvidéis que el silencio es cómplice.
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martes, 1 de marzo de 2016
Doctorado: trabajo de campo
Desde hace unos meses me encuentro inmersa en una de las fases más bonitas del Doctorado, que es el trabajo de campo. A lo largo de este curso lectivo me dedico a ir a coles, institutos y ludotecas para conocer a estudiantes y preguntarles sobre sus gustos, intereses, creencias y aspiraciones, y también para charlar sobre lecturas, sobre príncipes y princesas, sobre los sueños, sobre la vida. Es fascinante poder compartir estos ratos con ellos y conocer sus historias y sus planteamientos que, en numerosas ocasiones, me dejan con la boca abierta. Y me consta que ellos disfrutan, pues les gusta expresarse y ser escuchados.
Durante la preparación de la tesina (TFM), que fue un trabajo de características similares al que estoy llevando a cabo ahora pero a menor escala, también tuve la oportunidad de acudir a centros para hablar con adolescentes y me apetece mucho compartir la experiencia. Me brindaron su ayuda respondiendo cuestionarios, redactando cuentos y reflexiones personales, ilustrando sus escritos, comentando lecturas, etc. Una de las actividades más enriquecedoras que llevamos a cabo fue un debate cuyo interés se centraba en las diferencias significativas que ellos percibían entre los chicos y las chicas.
La mecha para encender los debates fue un par de fotos de juguetes LEGO, uno de los años 80 y otro de la actualidad. Las diferencias entre ellas son abismales.
En la primera foto podemos ver a una niña con un atuendo que bien podría ser el de un niño, muy natural en su aspecto y en su gesto, sosteniendo una construcción de LEGO que ella misma ha hecho (En una entrevista que le hicieron años después, la niña del anuncio comenta que tanto la ropa como la construcción son suyas, en una época en la que la publicidad no era tan artificiosa como ahora). Se trata de un juguete multicolor, con infinitas posibilidades de entretenimiento, que estimula la creatividad y la imaginación y que resulta igualmente atractivo tanto para chicos como para chicas. No manifiesta estereotipos de ningún tipo y su lema What it is, is beautiful (Lo que sea, es hermoso) es claro y directo. En la segunda foto, encontramos un juguete de la colección de LEGO Friends, una caravana en un ambiente campestre, repleta de accesorios y con dos muñecas (Olivia y Nicole). Los colores predominantes son el rosa y el morado y, aunque el juguete está empaquetado con sus piezas sueltas, sólo hay una manera correcta de montarlo, que viene indicada en las instrucciones. A pesar de todas las posibilidades de juego que presenta esta caravana, ya que las historias y aventuras que se pueden inventar con las muñecas son muy numerosas, es cierto que deja poco espacio a la imaginación, ya que el juguete en sí no puede ser cualquier cosa. Es y siempre será una caravana. Además, las connotaciones de género que tiene el juguete son innegables. Es para niñas, de eso no hay duda.
Al contrastar las fotos, todos los adolescentes, por unanimidad, afirmaron que el primer juguete era unisex y el segundo sólo para niñas. Al preguntarles el por qué, indicaron que se debía a los colores. De hecho, algún chico comentó que, en las tiendas de juguetes, la diferenciación está muy clara: a un lado del pasillo están las estanterías llenas de juguetes rosas (princesas, peluches, bebés, maquillaje y joyas) y enfrente están los juguetes azules (coches, soldados, balones y armas). Ante esta afirmación, consideré la posibilidad de preguntarles si creían que la oferta en las tiendas de juguetes está condicionada por los gustos y demandas de los niños y niñas o si la cultura de consumo es capaz de condicionar nuestros gustos, crearnos necesidades y hacernos desear sus productos, pero rápidamente el diálogo se desvió hacia el tema de los colores y lo dejé fluir. Es un aspecto que me gustaría comentar con los adolescentes en otra ocasión y escribiré sobre ello en los próximos días.
Al tratar de indagar más en sus opiniones sobre la dualidad cromática rosa-azul, les pregunté lo siguiente: “si a un bebé de pocas semanas de edad le ofrecemos dos pelotas, una azul y una rosa, ¿elegirá la azul si es un niño y la rosa si es una niña?”. Curiosamente las respuestas fueron de lo más variadas. Tras convencerse unos a otros de que al bebé le da lo mismo el color de la pelota, algunos alumnos afirmaron que las preferencias por unos colores u otros son algo cultural. Las afirmaciones más rotundas fueron: “la culpa es de la sociedad” y “la culpa de todo la tienen los padres, por vestir con esos colores a sus bebés”. Algunos de ellos fueron conscientes por vez primera de que la aversión hacia unos colores determinados no se debía a su propio criterio (al fin y al cabo los gustos son algo muy personal), sino a que “les habían convencido de ello”. Algunos chicos se mantuvieron firmes en su opinión de que jamás se vestirían con prendas rosas pues ”es algo de maricones” pero otros admitieron que es un color atractivo.
Respecto al tema original, los juguetes de LEGO, ellas comentaron que podrían jugar con ambos juguetes aunque tuviesen preferencia por uno en particular, mientras que ellos señalaron que jamás jugarían con la caravana. Ante esta situación, les pregunté si realmente se consideran tan diferentes respecto a sus gustos o aficiones. La inmensa mayoría de los chicos señaló que sus gustos no se parecen en nada a los de las chicas, afirmación ante la cual las chicas protestaron. Ellas afirmaban que, aunque les guste el maquillaje, los osos de peluche y los accesorios de Hello Kitty, también disfrutan viendo partidos de fútbol, practicando artes marciales o matando soldados enemigos en el videojuego Call of Duty. Por lo tanto, en estos grupos en concreto, podemos ver cómo los estereotipos relacionados con los gustos o aficiones están más arraigados en los chicos, pues ellos rechazan el ocio “de chicas” y ellas, en cambio, no consideran que las actividades que les gustan a ellos sean necesariamente “de chicos”, sino de todos. Para terminar, la respuesta de una chica me llamó la atención: “yo creo que el juguete rosa no es sexista, al contrario. Está defendiendo el derecho de las mujeres a poder divertirse juntas sin depender de sus maridos o novios”. Este planteamiento interesante y diferente dio lugar a otras ideas en el debate.
Dejando atrás el tema concreto de los juguetes, continuamos debatiendo sobre sus vivencias. En los grupos de 1º y 2º de ESO (de 12 a 15 años), algunas chicas comentaron que les gusta arreglarse y maquillarse, aunque sólo en días señalados, para hacer que ese día sea más especial. En cambio, algunos chicos dijeron que prefieren a las mujeres siempre maquilladas, que son mucho más atractivas. Esto provocó rechazo entre las chicas, que no estaban conformes con dicha afirmación. Un alumno llegó más lejos señalando que “las mujeres se maquillan para atraer al macho” y, a pesar de que su comentario provocó risas en el aula, algunas chicas reaccionaron algo desconcertadas, pues admitieron que se arreglan para agradar a los chicos pero no les gustaba admitirlo abiertamente. Otro compañero aportó al debate que “las mujeres necesitan maquillarse para tapar los surcos que les deja la vida”. Una chica le preguntó si los hombres no necesitan tapar surcos y él respondió que no, que las arrugas son feas sólo en las mujeres. Otra compañera no se quedó atrás al afirmar que, al fin y al cabo, “los chicos son juguetes, así que los uso, juego con ellos, y luego los dejo”, aunque lo dijo riendo. Por tanto, no podemos concluir que todos estos comentarios sean un reflejo de una educación sexista o si son tan solo llamadas de atención y sentencias que buscan escandalizar a los oyentes, pero no por ello dejan de ser menos interesantes, puesto que nos muestran actitudes características de la adolescencia, dignas de estudio.
A pesar de todos estos planteamientos, cuando les comenté que, a lo largo de la historia, la mujer ha sido silenciada, ninguneada y tratada como un objeto, todos ellos manifiestaron desagrado ante estos hechos. Saben que, en algunos países, las mujeres pierden su apellido al casarse (algo que vemos con frecuencia en el cine norteamericano), lo cual les parece indignante. Tampoco asocian el hecho de casarse y ser “señora”. Para la mayoría de adolescentes, ser señora es algo “para mayores de 60”. No les gusta esa palabra, y no les parece bien que a las mujeres les dejen de llamar “señoritas” simplemente por casarse.
Hablando sobre el matrimonio, el debate se desvía a temas de dinero, algo que les inquieta en gran medida, como pude comprobar al leer sus redacciones. Casi todos afirman que, teniendo dinero, la vida es mucho más fácil. Incluso una alumna comenta (ignoro si lo dice en serio) que su sueño es casarse con un hombre rico que la mantenga y le dé todos los caprichos. Un alumno, en cambio, señala que los padres con mucho dinero no educan bien a sus hijos, “prefieren pagar a otros para que lo hagan, o comprarles consolas para que no molesten y poder hacer lo que quieran”. Esta dura afirmación es complementada por las de sus compañeros, que admiten que, aunque les gusta tener varios televisores en casa (y así no hay conflictos ni discusiones a la hora de elegir programas) esto les distancia de sus padres y hermanos y comentan que, cuando eran más pequeños, hacían más cosas juntos.
Estas ideas me dieron pie para preguntarles si, cuando eran niños pequeños, sus padres y madres les leían cuentos en la cama, y la mayoría responde afirmativamente. Algunos dicen que, en el fondo, lo echan de menos porque “es muy agradable que te lean”. Además no se trata solo de escuchar un cuento, sino de compartir un momento de intimidad y cariño único e insustituible. Ahora, a la hora de irse a la cama, un alumno comenta que “su padre está viendo el fútbol o alguna serie, y su madre viendo la telenovela o el Sálvame” (en este caso, vemos que ni siquiera la pareja comparte actividad). El alumno, en este caso, o se queda viendo la tele con el padre o se retira a su habitación a jugar con el ordenador o a entretenerse con las redes sociales. La lectura no es una opción, tampoco es algo que vea hacer en su casa pero, no obstante, sí es algo que hacen algunos de sus compañeros. En relación a los programas del estilo de Sálvame, algunos aprovechan la ocasión para decir que les encantan los debates (y que éste en particular lo están disfrutando mucho) porque les gusta dar su opinión y hablar de temas que les interesan, pero que odian esos programas porque sólo se habla de la vida de otros, se insulta y no se respeta el turno de palabra. Una chica señala que la tele no es mala en sí, ya que “se puede ver buena tele, programas que te enseñan cosas, pero para eso hay que tener cultura. Ver el Sálvame es muy fácil, no hay que hacer ningún esfuerzo”. Para terminar, muchos de ellos comentaron que, cuando sean padres no serán así, pasarán tiempo con sus hijos jugando, viendo películas y compartiendo libros.
Deseo de corazón que así sea.
Durante la preparación de la tesina (TFM), que fue un trabajo de características similares al que estoy llevando a cabo ahora pero a menor escala, también tuve la oportunidad de acudir a centros para hablar con adolescentes y me apetece mucho compartir la experiencia. Me brindaron su ayuda respondiendo cuestionarios, redactando cuentos y reflexiones personales, ilustrando sus escritos, comentando lecturas, etc. Una de las actividades más enriquecedoras que llevamos a cabo fue un debate cuyo interés se centraba en las diferencias significativas que ellos percibían entre los chicos y las chicas.
La mecha para encender los debates fue un par de fotos de juguetes LEGO, uno de los años 80 y otro de la actualidad. Las diferencias entre ellas son abismales.
En la primera foto podemos ver a una niña con un atuendo que bien podría ser el de un niño, muy natural en su aspecto y en su gesto, sosteniendo una construcción de LEGO que ella misma ha hecho (En una entrevista que le hicieron años después, la niña del anuncio comenta que tanto la ropa como la construcción son suyas, en una época en la que la publicidad no era tan artificiosa como ahora). Se trata de un juguete multicolor, con infinitas posibilidades de entretenimiento, que estimula la creatividad y la imaginación y que resulta igualmente atractivo tanto para chicos como para chicas. No manifiesta estereotipos de ningún tipo y su lema What it is, is beautiful (Lo que sea, es hermoso) es claro y directo. En la segunda foto, encontramos un juguete de la colección de LEGO Friends, una caravana en un ambiente campestre, repleta de accesorios y con dos muñecas (Olivia y Nicole). Los colores predominantes son el rosa y el morado y, aunque el juguete está empaquetado con sus piezas sueltas, sólo hay una manera correcta de montarlo, que viene indicada en las instrucciones. A pesar de todas las posibilidades de juego que presenta esta caravana, ya que las historias y aventuras que se pueden inventar con las muñecas son muy numerosas, es cierto que deja poco espacio a la imaginación, ya que el juguete en sí no puede ser cualquier cosa. Es y siempre será una caravana. Además, las connotaciones de género que tiene el juguete son innegables. Es para niñas, de eso no hay duda.
Al contrastar las fotos, todos los adolescentes, por unanimidad, afirmaron que el primer juguete era unisex y el segundo sólo para niñas. Al preguntarles el por qué, indicaron que se debía a los colores. De hecho, algún chico comentó que, en las tiendas de juguetes, la diferenciación está muy clara: a un lado del pasillo están las estanterías llenas de juguetes rosas (princesas, peluches, bebés, maquillaje y joyas) y enfrente están los juguetes azules (coches, soldados, balones y armas). Ante esta afirmación, consideré la posibilidad de preguntarles si creían que la oferta en las tiendas de juguetes está condicionada por los gustos y demandas de los niños y niñas o si la cultura de consumo es capaz de condicionar nuestros gustos, crearnos necesidades y hacernos desear sus productos, pero rápidamente el diálogo se desvió hacia el tema de los colores y lo dejé fluir. Es un aspecto que me gustaría comentar con los adolescentes en otra ocasión y escribiré sobre ello en los próximos días.
Al tratar de indagar más en sus opiniones sobre la dualidad cromática rosa-azul, les pregunté lo siguiente: “si a un bebé de pocas semanas de edad le ofrecemos dos pelotas, una azul y una rosa, ¿elegirá la azul si es un niño y la rosa si es una niña?”. Curiosamente las respuestas fueron de lo más variadas. Tras convencerse unos a otros de que al bebé le da lo mismo el color de la pelota, algunos alumnos afirmaron que las preferencias por unos colores u otros son algo cultural. Las afirmaciones más rotundas fueron: “la culpa es de la sociedad” y “la culpa de todo la tienen los padres, por vestir con esos colores a sus bebés”. Algunos de ellos fueron conscientes por vez primera de que la aversión hacia unos colores determinados no se debía a su propio criterio (al fin y al cabo los gustos son algo muy personal), sino a que “les habían convencido de ello”. Algunos chicos se mantuvieron firmes en su opinión de que jamás se vestirían con prendas rosas pues ”es algo de maricones” pero otros admitieron que es un color atractivo.
Respecto al tema original, los juguetes de LEGO, ellas comentaron que podrían jugar con ambos juguetes aunque tuviesen preferencia por uno en particular, mientras que ellos señalaron que jamás jugarían con la caravana. Ante esta situación, les pregunté si realmente se consideran tan diferentes respecto a sus gustos o aficiones. La inmensa mayoría de los chicos señaló que sus gustos no se parecen en nada a los de las chicas, afirmación ante la cual las chicas protestaron. Ellas afirmaban que, aunque les guste el maquillaje, los osos de peluche y los accesorios de Hello Kitty, también disfrutan viendo partidos de fútbol, practicando artes marciales o matando soldados enemigos en el videojuego Call of Duty. Por lo tanto, en estos grupos en concreto, podemos ver cómo los estereotipos relacionados con los gustos o aficiones están más arraigados en los chicos, pues ellos rechazan el ocio “de chicas” y ellas, en cambio, no consideran que las actividades que les gustan a ellos sean necesariamente “de chicos”, sino de todos. Para terminar, la respuesta de una chica me llamó la atención: “yo creo que el juguete rosa no es sexista, al contrario. Está defendiendo el derecho de las mujeres a poder divertirse juntas sin depender de sus maridos o novios”. Este planteamiento interesante y diferente dio lugar a otras ideas en el debate.
Dejando atrás el tema concreto de los juguetes, continuamos debatiendo sobre sus vivencias. En los grupos de 1º y 2º de ESO (de 12 a 15 años), algunas chicas comentaron que les gusta arreglarse y maquillarse, aunque sólo en días señalados, para hacer que ese día sea más especial. En cambio, algunos chicos dijeron que prefieren a las mujeres siempre maquilladas, que son mucho más atractivas. Esto provocó rechazo entre las chicas, que no estaban conformes con dicha afirmación. Un alumno llegó más lejos señalando que “las mujeres se maquillan para atraer al macho” y, a pesar de que su comentario provocó risas en el aula, algunas chicas reaccionaron algo desconcertadas, pues admitieron que se arreglan para agradar a los chicos pero no les gustaba admitirlo abiertamente. Otro compañero aportó al debate que “las mujeres necesitan maquillarse para tapar los surcos que les deja la vida”. Una chica le preguntó si los hombres no necesitan tapar surcos y él respondió que no, que las arrugas son feas sólo en las mujeres. Otra compañera no se quedó atrás al afirmar que, al fin y al cabo, “los chicos son juguetes, así que los uso, juego con ellos, y luego los dejo”, aunque lo dijo riendo. Por tanto, no podemos concluir que todos estos comentarios sean un reflejo de una educación sexista o si son tan solo llamadas de atención y sentencias que buscan escandalizar a los oyentes, pero no por ello dejan de ser menos interesantes, puesto que nos muestran actitudes características de la adolescencia, dignas de estudio.
A pesar de todos estos planteamientos, cuando les comenté que, a lo largo de la historia, la mujer ha sido silenciada, ninguneada y tratada como un objeto, todos ellos manifiestaron desagrado ante estos hechos. Saben que, en algunos países, las mujeres pierden su apellido al casarse (algo que vemos con frecuencia en el cine norteamericano), lo cual les parece indignante. Tampoco asocian el hecho de casarse y ser “señora”. Para la mayoría de adolescentes, ser señora es algo “para mayores de 60”. No les gusta esa palabra, y no les parece bien que a las mujeres les dejen de llamar “señoritas” simplemente por casarse.
Hablando sobre el matrimonio, el debate se desvía a temas de dinero, algo que les inquieta en gran medida, como pude comprobar al leer sus redacciones. Casi todos afirman que, teniendo dinero, la vida es mucho más fácil. Incluso una alumna comenta (ignoro si lo dice en serio) que su sueño es casarse con un hombre rico que la mantenga y le dé todos los caprichos. Un alumno, en cambio, señala que los padres con mucho dinero no educan bien a sus hijos, “prefieren pagar a otros para que lo hagan, o comprarles consolas para que no molesten y poder hacer lo que quieran”. Esta dura afirmación es complementada por las de sus compañeros, que admiten que, aunque les gusta tener varios televisores en casa (y así no hay conflictos ni discusiones a la hora de elegir programas) esto les distancia de sus padres y hermanos y comentan que, cuando eran más pequeños, hacían más cosas juntos.
Estas ideas me dieron pie para preguntarles si, cuando eran niños pequeños, sus padres y madres les leían cuentos en la cama, y la mayoría responde afirmativamente. Algunos dicen que, en el fondo, lo echan de menos porque “es muy agradable que te lean”. Además no se trata solo de escuchar un cuento, sino de compartir un momento de intimidad y cariño único e insustituible. Ahora, a la hora de irse a la cama, un alumno comenta que “su padre está viendo el fútbol o alguna serie, y su madre viendo la telenovela o el Sálvame” (en este caso, vemos que ni siquiera la pareja comparte actividad). El alumno, en este caso, o se queda viendo la tele con el padre o se retira a su habitación a jugar con el ordenador o a entretenerse con las redes sociales. La lectura no es una opción, tampoco es algo que vea hacer en su casa pero, no obstante, sí es algo que hacen algunos de sus compañeros. En relación a los programas del estilo de Sálvame, algunos aprovechan la ocasión para decir que les encantan los debates (y que éste en particular lo están disfrutando mucho) porque les gusta dar su opinión y hablar de temas que les interesan, pero que odian esos programas porque sólo se habla de la vida de otros, se insulta y no se respeta el turno de palabra. Una chica señala que la tele no es mala en sí, ya que “se puede ver buena tele, programas que te enseñan cosas, pero para eso hay que tener cultura. Ver el Sálvame es muy fácil, no hay que hacer ningún esfuerzo”. Para terminar, muchos de ellos comentaron que, cuando sean padres no serán así, pasarán tiempo con sus hijos jugando, viendo películas y compartiendo libros.
Deseo de corazón que así sea.
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viernes, 29 de enero de 2016
Sobre la publicidad sexista
Hace unos días leí un artículo de Barbijaputa sobre publicidad sexista que me hizo mucha gracia (no vamos a estar llorando por las esquinas todo el tiempo, ¿no?) y que me recordó algunos contenidos interesantes que trabajé en un curso de la Faktoría Lila. Para empezar, os invito a que leáis el artículo de Barbijaputa, ya que es muy ilustrativo y además su estilo ácido me encanta. Y, ya que estamos, aprovecho este momento de inspiración para resucitar el blog y compartir con vosotros algunos textos que redacté durante el curso.
Primero: ¿Una publicidad no sexista es posible?
En el tema relacionado con la importancia del uso no sexista de las imágenes, hemos podido estudiar, a través de diferentes textos y documentales, la manera en la que la sociedad patriarcal representa a las personas. Las imágenes que se muestran, tanto de hombres como de mujeres, en los medios de comunicación son el reflejo de lo que se espera de nosotros. Aunque esta transmisión de estereotipos está presente en todos los canales comunicativos (cine, prensa, radio, programas de televisión), donde más patente queda es en la publicidad, encargada de fabricar sueños y crear necesidades.
¿Cómo podríamos hacer un uso no sexista de las imágenes en publicidad?
La mayoría de los anuncios que muestran estereotipos de género son tan groseros y descarados que bastaría con dejar de emitirlos, ya que no tienen un arreglo posible: aquellos que muestran cuerpos de mujeres prácticamente desnudas en una clara actitud sexual como reclamo para vender productos (cuando no se está anunciando nada relacionado con el disfrute sexual), los que manifiestan violencia de cualquier tipo, los que encasillan a la mujer en el clásico rol de arpía, frívola, envidiosa y castradora, los que muestran a los hombres como obsesos sexuales descerebrados arreglacosas, etc. Pero, a pesar de lo mucho que me repugnan estos anuncios, he decidido centrar mi análisis en aquellos que muestran la trasmisión de valores tradicionales y sexistas dentro del seno familiar, puesto que son más sutiles y pasan más desapercibidos y, por tanto, su mensaje llega a los hogares con más facilidad, perpetuando de esta forma unos estereotipos de género que se convierten en la norma y que a poca gente le resultan chocantes o criticables. Al fin y al cabo “así ha sido siempre”.
He seleccionado cuatro anuncios breves de la marca de alimentación Gallina Blanca que han llamado mi atención porque, de forma simpática y sutil, nos muestran cómo el rol de ama de casa perfecta, cuidadora, atenta y servicial, se transmite de madres a hijas. En este caso, considero que el mensaje sexista que subyace en los anuncios no busca mostrar sólamente cómo debe comportarse una buena mujer, sino que nos insta a las mujeres a escuchar los consejos domésticos de nuestras madres y a educar de la misma manera a nuestras hijas. Los anuncios nos quieren comunicar que las mujeres, a lo largo de la historia, han ejercido como correa de transmisión de valores tradicionales y parece ser que éstas, lejos de intentar romper las cadenas que las mantienen atrapadas en sus cocinas, quieren encadenar y someter también a sus hijas. Por desgracia, la sociedad patriarcal, sustentada en valores machistas, ha permitido esto durante muchas generaciones e incluso se siguen viendo casos así hoy en día.
Los anuncios son los siguientes:
Bloque 1. Niña que ya, desde pequeña, aprende y muestra con orgullo una serie de trucos culinarios ante la satisfecha mirada de su madre. El padre y el hermano son meros ornamentos del hogar que degustan los platos (comparto los enlaces pero no inserto los vídeos porque, cuando lo intento, youtube me lanza una advertencia inquietante, y no quiero líos):
Pechuga de pollo
Filete de pescado
En estos anuncios encontramos algunos detalles curiosos.
Por una parte, a pesar de que en ambos podemos ver cómo hay hombres habitando la casa, la niña tan sólo busca captar la atención de su madre. En los dos anuncios, la niña parece haber adquirido una serie de conocimientos y trucos relacionados con la cocina, como por ciencia infusa (¿acaso será que las mujeres lo llevamos grabado en los genes?) y está deseando conseguir la aprobación de su madre, puesto que ha alcanzado uno de sus primeros logros de mujer adulta. Mientras toda la familia degusta la exquisitez, la madre tiene un gesto de cariño y complicidad hacia su hija. Ella parece sentir que, como madre, su labor está siendo un éxito.
Por otra parte, resulta interesante ver cómo, en el slogan final –locutado por un hombre- se nos invita a sacar “el cocinero” que llevamos dentro. Cocinero en masculino. Planteamos la posibilidad de que la idea que se pretende transmitir es que las mujeres son buenas en la cocina por el simple hecho de ser mujeres y que, gracias a las fórmulas precocinadas y sencillas (que hasta las niñas pequeñas entienden), incluso los hombres podrían llegar a cocinar cosas ricas y saludables. Aunque esta afirmación es solo es una teoría conspiranoica mía.
Me molestan estos anuncios de forma especial por el hecho de que habría resultado muy sencillo plantearlos de una forma no sexista. Ya que la marca se ha tomado la molestia de grabar dos versiones muy similares del mismo anuncio, no habría costado nada que uno de ellos lo protagonizara una niña y el otro un niño. Ambos podrían llamar a sus progenitores (“Mamá, papá, mirad lo que hago”) y no sólo a mamá. Y en la mesa cenando podrían estar interactuando los cuatro. Como la propuesta no sexista habría sido así de simple, no puedo evitar sentir que está grabado así de forma deliberada y consciente.
Bloque 2. Mujeres que exhiben con orgullo sus logros culinarios y sus madres se muestran muy complacidas al ver lo bien que han educado a sus hijas.
Sopa de sobre
Pastillas de avecrem
En el primer anuncio vemos cómo una madre increpa a su hija el hecho de que sirva para cenar una sopa de sobre. La hija, segura de sí misma y de su labor como ama de casa (al fin y al cabo, ya es madre también) comenta las maravillas de la marca en cuestión, tan buena que sus sopas alcanzan el nivel de calidad y sabor de una “sopa de madre”. La familia sigue siendo un ornamento; en este caso, la destinataria de las delicias de la madre. Cabe señalar que, tanto en estos anuncios como en los anteriores, se nos muestran familias que reflejan el esquema tradicional heteronormativo, es decir: papá, mamá, niño y niña y, en este caso, la abuela.
Además, el anuncio está sazonado con algunos tópicos, como que la madre de la madre (la abuela) sea una entrometida y que, a pesar de ser una invitada en la mesa de su hija, tenga que acercarse al puchero a opinar, comentar y criticar. Además, no sólo es madre, también es suegra y, cuando hace el comentario jocoso de que se va a quedar a vivir allí con ellos, el padre y el hijo manifiestan algún tipo de reacción (entendemos que de desaprobación). Estas distintas representaciones de las mujeres no nos benefician en absoluto, puesto que refuerzan estereotipos sexistas que siguen calando en la sociedad, por muy ridículos y descarados que resulten.
En el segundo anuncio vemos a unas mujeres de aspecto cuidado y edad indefinida que conversan en una cocina (¿dónde si no?) en torno a un fogón que calienta un puchero. La cocina, a pesar de estar en uso, se encuentra impecable, así como la cocinera. No vemos trapos sucios, delantales, salpicaduras o extractores de humos; sólo un puchero apetitoso y unas señoras que irradian glamour. Parece que el anuncio nos quiera convencer de que realizar las tareas domésticas y mostrarse elegante al mismo tiempo no son cosas reñidas. Si estas mujeres pueden hacerlo, ¿por qué no las demás? Las dos mujeres invitadas (quienes parece que no tengan ninguna otra ocupación, como un trabajo, por ejemplo) interrogan a la anfitriona sobre sus secretos para hacer una comida tan suculenta. La señora de la casa comparte con sus amigas su truco ante la presencia de su orgullosa madre, quien las alecciona desde su posición superior de ama de casa experimentada.
Además, cabe señalar que las actrices que interpretan a la madre y a la hija en este anuncio son dos figuras públicas de referencia para muchas mujeres de España, puesto que sus programas de televisión, emitidos en la franja horaria matinal, clásica de las amas de casa, tratan de abordar todos aquellos temas relacionados con el “universo femenino” (aspecto físico y salud, productos “para mujeres”, cuidado personal y de la familia, recetas de cocina, etc.).
Para conseguir que estos dos anuncios y otros del mismo estilo no sean sexistas, bastaría con unas sencillas pautas. La más importante y eficaz sería mostrar realizando las diversas tareas domésticas tanto a hombres como a mujeres de distintas edades. Además, el resto de personas que figuran no siempre tendrían que ser madres, hijos o maridos: podríamos ver a abuelos con nietas, a compañeros de piso, a jóvenes con perros, y un largo etcétera. Cualquier combinación debería ser perfectamente admisible, puesto que la diversidad en los hogares es una realidad social. Además, aunque los anuncios con glamour y las cocinas grandes, luminosas e impecables son una delicia para la vista, no estaría de más mostrar contextos más realistas o personas vestidas de una forma más acorde a la tarea que están desempeñando. Además, sería positivo mostrar a hombres y mujeres atendiendo a sus hijos y cuidando de sus hogares y que, además, tuviesen otro tipo de ocupación (trabajos, aficiones, otras cosas que los definan).
En conclusión, se trataría de reflejar una visión de la sociedad más realista, más acorde a estos nuevos tiempos, más libre de prejuicios y estereotipos. Y, aunque es cierto que en muchos hogares se sigue manteniendo un estatus tradicional, los medios deberían ejercer un papel crítico mostrando que otro mundo es posible.
Segundo: La representación de la Madre en publicidad
Hace apenas unas décadas, el confinamiento de las mujeres al estrecho espacio de su hogar limitaba su desarrollo como personas, les colocaba un techo invisible que les impedía progresar, soñar, crecer. Todo atisbo de ambición que hubiese en ellas se diluía en esta situación de encierro y se producía una despersonalización, una pérdida de identidad, una terrible confusión. Las revistas, la radio y, en especial, la televisión (con franjas especiales destinadas a las mujeres, que se encontraban en el hogar durante el horario laboral), gobernadas por la normativa del patriarcado, conseguían convencer a estas mujeres de que su verdadera misión se encontraba en el hogar. Les inculcaban un rol que acababan asumiendo convencidas de que era lo mejor para ellas y para sus familias (sin las cuales, ellas no eran nada).
A día de hoy, aunque los cambios sociales hacia la igualdad presentes en nuestra sociedad son innegables, todavía son insuficientes. Por ejmeplo, podemos apreciar cómo los medios de comunicación todavía siguen transmitiendo estereotipos sexistas muy perjudiciales y dañinos para las mujeres, especialmente para las niñas y adolescentes, que todavía están descubriendo el mundo y forjando su identidad.
Por ello, quiero realizar un breve análisis de una serie de anuncios televisivos con los que las cadenas nos bombardean diariamente y que me producen un verdadero malestar, así como una profunda impotencia.
En primer lugar, los anuncios más habituales que nos encontramos al encender un televisor son los de productos de limpieza. En ellos, una persona se encuentra en la tesitura de tener que eliminar una mancha terrible y, en medio del caos y la suciedad, la ayuda se manifiesta en forma de producto milagroso. Hasta aquí todo correcto. Hemos pasado por diversos estilos de anuncio a lo largo de los últimos años: los personajes que aparecen son varias mujeres en el hogar, o es un hombre el apurado y la mujer la salvadora, e incluso en ocasiones es un hombre el salvador, como en el caso del famoso mayordomo. De hecho, son muchas las personas que encuentran cierto equilibrio en este tipo de anuncios, puesto que podemos ver a hombres y a mujeres “por igual”. Por poner un ejemplo, en uno de los anuncios del producto del “cacito”, efectivamente nos encontramos a un hombre y a una mujer ante la lavadora. Pero, aunque las diferencias parezcan sutiles, desde una perspectiva crítica son abismales. Él es un hombre decidido, autosuficiente y versátil, capaz de lavarse su propia ropa y de dar consejos a otros. Sin embargo, la frase exacta de ella es “mi marido ha traído esta mancha de aceite”. Con ese simple detalle, el anunciante ha conseguido mostrarnos a una mujer dependiente, que lava para otras personas, que cuida del hogar mientras el marido gana el pan fuera. La representación de ambos géneros en un simple anuncio de escasos segundos es totalmente asimétrica.
Lo mismo ocurre en los anuncios en los que una mujer de mediana edad, arreglada pero discreta y sin salir de su cocina, se siente agobiada porque su vitro ya no brilla como antes, o su lavavajillas huele fatal. Este hecho le provoca culpabilidad y vergüenza. Ella, como mujer que es, atiende a sus tareas del hogar lo mejor que puede pero, ante una circunstancia así, recurre al “experto”, que es un hombre. En uno de tantos, el “experto” acude al hogar a aleccionar a esta mujer a la que, de paso, acusa de rácana por no comprar el producto que recomiendan los fabricantes, ante la inquisidora mirada de la madre de ella. En ningún caso podía faltar la madre, quien, por el simple hecho de ser madre, es conocedora de todo lo que tenga que ver con el cuidado del hogar a pesar de que, cuando tenía la edad de su hija, ni siquiera existían los lavavajillas. El “experto” reprende a la mujer, su madre asiente avergonzada (no consigue entender cómo su hija es tan torpe e inútil) y la mujer, resignada, emplea el producto que salva su dignidad como ama de casa. Existen variantes, puede ser una amiga la que saque los colores a la anfitriona (con amigas así, ¿quién quiere enemigas?) o incluso podemos llegar a ver cómo una mujer pide disculpas a su lavavajillas por haberlo tenido tan desatendido (WTF!).
Aquí teneis unos cuantos ejemplos: ¿Por qué tapas la vitro, hija mía?, Finish, pruébalo y juzga tú misma, mujer, Con vitroclen tu cocina y tú no daréis pena, Hace falta estudiar mucho para saber que la mierda mancha, Qué sexy te pones cuando lo intentas, etc.
Podemos comprobar cómo los anuncios están dirigidos siempre a ellas. Por eso, cabe destacar que, si este tipo de anuncio es tan dañino, no es únicamente porque encasille a la mujer en un rol anticuado y sexista que limita sus movimientos a los metros cuadrados de baldosa de su cocina. Es porque, además, trata de inculcar a las telespectadoras un sentimiento de responsabilidad hacia el “brillo” de su hogar. Es decir, que por mucho que hoy en día los hombres se sientan concienciados y colaboren a partes iguales en las tareas de limpieza, la responsabilidad última, sobre todo en caso de conflicto, siempre es de la mujer. Algo tan simple como la expresión “ellos deberían ayudar más en casa” implica que la tarea es de ellas. Y esto debe acabar.
En segundo lugar, me gustaría hacer hincapié en la figura de la Madre. La Madre, con mayúscula. Ya hemos comentado su papel de transmisora del rol de “buena mujer” hacia las siguientes generaciones, y de supervisora de que se cumpla. Pero ahora quiero centrarme en esos anuncios dirigidos a las Madres. Esas mujeres que, por arte de magia, son conocedoras de todo lo ancestral, de lo humano y lo divino, por el simple hecho de haber parido. Por supuesto, no pretendo quitarle valor a esa experiencia, ni desmerecer el importantísimo papel de las madres y de los padres que se desviven por su prole y son capaces de compaginar trabajo, estudios, casa, vida social, hijos y perro. Tan solo trato de sacar a la luz una campaña de elogio hacia la mujer tradicional que, ante todo, es Madre y que, al mismo tiempo, implica un desprestigio hacia aquella que no lo es o que ha decidido que nunca lo será.
Mediante estos anuncios, da la sensación de que una mujer que no es Madre poco sabe de la vida, todavía es una alocada, irresponsable y despreocupada que tiene mucho que aprender. Solo se preocupa de estar perfectamente depilada, de no perderse una fiesta y de llevar un sujetador a juego con el color de sus ojos. Y todo ello para salir al mercado de lo sexual y encontrar a ese hombre que al fin la haga Madre. En cambio, a la que ya es Madre se la muestra como una mujer totalmente dedicada a la causa, que solo vive para darles a sus hijos lo mejor y para sacrificarse por todos. Está dispuesta a dejar de lado su trayectoria profesional, sus ambiciones, sus aficiones e incluso a sus amigas por estar siempre disponible para sus hijos, que son lo único que importa. Alguna incluso es capaz de estar sexualmente perfecta para la noche, cuando su marido llega del trabajo y los niños ya están acostados. Está claro que, a estas madres, cualidades no les faltan. Y son capaces de hacerlo todo con una cálida sonrisa.
Un ejemplo aberrante de este tipo de mensaje es este anuncio de leche materna en polvo, una fórmula ultra-mejorada que es lo mejor para el niño (varón). Ella, “como Madre, sabe lo que es mejor para su hijo”. No necesita estudiar, ni saber nada de química, ni preguntarle a un médico. Tan solo parir. Como una epifanía, la sabiduría la invade. El poder de la Madre todo lo puede. Es algo instintivo y casi sobrenatural. De hecho, todavía no he visto un anuncio en el que digan que “tú, como Padre, también sabes de qué va esto”. Los padres podrán implicarse en la educación y cuidado de los hijos, pero nunca estarán a la altura (parece que nos quiera decir este tipo de anuncio). No obstante, para rematar, el anuncio nos muestra a un grupo de “expertos” (una vez más, casi todo hombres) en un laboratorio, en bata y mirando por sus microscopios, trabajando muy duro por encontrar la clave de la leche perfecta, la que se parezca lo más posible a la de la Madre. Poco más que añadir, salvo otro ejemplo: tú eres la primera, mamá.
Por último, me gustaría hablar también sobre ciertos anuncios de galletas. El desayuno es uno de los momentos estelares de la Madre. Mientras el marido y los hijos se preparan para su trabajo y colegio respectivamente, ella dirige la acción de la familia desde su cocina, como una directora de orquesta. Sabe qué es lo mejor para ellos y se lo proporciona (aquí hablo de galletas, pero pueden ser yogures o batidos). En un anuncio en particular, el de Galletas Lulú, cursis a más no poder, podemos ver a un osito de dibujos despertando al pequeño hijo varón. Después lo acompaña a la cocina, donde lo espera su Madre sonriente (y muda) con el desayuno perfecto preparado. Como guinda del pastel, la Madre se despide de su pequeño por la ventana de la cocina; el niño se mete en el coche y el padre-marido (que pasa por el anuncio como un rayo) le lanza un beso con la mano. Ella se queda sola (bueno, con el oso imaginario), perfectamente arreglada, expectante, contemplando la vida a través del cristal de su ventana, satisfecha con su misión cumplida.
Y ya para terminar, aunque no venga mucho a cuento, quiero mostraros el anuncio de Dora, sirena de verdad, ya, puesto que ha sido mi favorito de esta última campaña navideña, pero no por el juguete en sí, ni por las fantasias animadas de la cría, perfectamente comprensibles (¿quién no ha soñado alguna vez con ser sirena y salir a nadar y perderse un rato por los océanos?). Lo que me apasiona del anuncio es la Madre extasiada al contemplar a su pequeña princesa. No cabe en sí de gozo. Me declaro fan.
Como conclusión, quiero señalar que estos anuncios son peligrosos y dañinos precisamente porque no es fácil percibir maldad en ellos. Muchas personas podrán pensar que son bonitas piezas audiovisuales que ensalzan a las amas-de-casa-madres y les dan el reconocimiento que merecen. Por eso considero fundamental y necesario encender el televisor con espíritu crítico y sacar a la luz estos fenómenos. Es esencial que los más pequeños no vean en estos anuncios los modelos de masculinidad y feminidad que deben imitar y aprender, y que sean capaces de construir su identidad en base a su propio criterio, sin la influencia de estos estereotipos anticuados y sexistas. De ahí la gran importancia que tiene una educación por la igualdad desde el hogar y las escuelas.
Primero: ¿Una publicidad no sexista es posible?
En el tema relacionado con la importancia del uso no sexista de las imágenes, hemos podido estudiar, a través de diferentes textos y documentales, la manera en la que la sociedad patriarcal representa a las personas. Las imágenes que se muestran, tanto de hombres como de mujeres, en los medios de comunicación son el reflejo de lo que se espera de nosotros. Aunque esta transmisión de estereotipos está presente en todos los canales comunicativos (cine, prensa, radio, programas de televisión), donde más patente queda es en la publicidad, encargada de fabricar sueños y crear necesidades.
¿Cómo podríamos hacer un uso no sexista de las imágenes en publicidad?
La mayoría de los anuncios que muestran estereotipos de género son tan groseros y descarados que bastaría con dejar de emitirlos, ya que no tienen un arreglo posible: aquellos que muestran cuerpos de mujeres prácticamente desnudas en una clara actitud sexual como reclamo para vender productos (cuando no se está anunciando nada relacionado con el disfrute sexual), los que manifiestan violencia de cualquier tipo, los que encasillan a la mujer en el clásico rol de arpía, frívola, envidiosa y castradora, los que muestran a los hombres como obsesos sexuales descerebrados arreglacosas, etc. Pero, a pesar de lo mucho que me repugnan estos anuncios, he decidido centrar mi análisis en aquellos que muestran la trasmisión de valores tradicionales y sexistas dentro del seno familiar, puesto que son más sutiles y pasan más desapercibidos y, por tanto, su mensaje llega a los hogares con más facilidad, perpetuando de esta forma unos estereotipos de género que se convierten en la norma y que a poca gente le resultan chocantes o criticables. Al fin y al cabo “así ha sido siempre”.
He seleccionado cuatro anuncios breves de la marca de alimentación Gallina Blanca que han llamado mi atención porque, de forma simpática y sutil, nos muestran cómo el rol de ama de casa perfecta, cuidadora, atenta y servicial, se transmite de madres a hijas. En este caso, considero que el mensaje sexista que subyace en los anuncios no busca mostrar sólamente cómo debe comportarse una buena mujer, sino que nos insta a las mujeres a escuchar los consejos domésticos de nuestras madres y a educar de la misma manera a nuestras hijas. Los anuncios nos quieren comunicar que las mujeres, a lo largo de la historia, han ejercido como correa de transmisión de valores tradicionales y parece ser que éstas, lejos de intentar romper las cadenas que las mantienen atrapadas en sus cocinas, quieren encadenar y someter también a sus hijas. Por desgracia, la sociedad patriarcal, sustentada en valores machistas, ha permitido esto durante muchas generaciones e incluso se siguen viendo casos así hoy en día.
Los anuncios son los siguientes:
Bloque 1. Niña que ya, desde pequeña, aprende y muestra con orgullo una serie de trucos culinarios ante la satisfecha mirada de su madre. El padre y el hermano son meros ornamentos del hogar que degustan los platos (comparto los enlaces pero no inserto los vídeos porque, cuando lo intento, youtube me lanza una advertencia inquietante, y no quiero líos):
Pechuga de pollo
Filete de pescado
En estos anuncios encontramos algunos detalles curiosos.
Por una parte, a pesar de que en ambos podemos ver cómo hay hombres habitando la casa, la niña tan sólo busca captar la atención de su madre. En los dos anuncios, la niña parece haber adquirido una serie de conocimientos y trucos relacionados con la cocina, como por ciencia infusa (¿acaso será que las mujeres lo llevamos grabado en los genes?) y está deseando conseguir la aprobación de su madre, puesto que ha alcanzado uno de sus primeros logros de mujer adulta. Mientras toda la familia degusta la exquisitez, la madre tiene un gesto de cariño y complicidad hacia su hija. Ella parece sentir que, como madre, su labor está siendo un éxito.
Por otra parte, resulta interesante ver cómo, en el slogan final –locutado por un hombre- se nos invita a sacar “el cocinero” que llevamos dentro. Cocinero en masculino. Planteamos la posibilidad de que la idea que se pretende transmitir es que las mujeres son buenas en la cocina por el simple hecho de ser mujeres y que, gracias a las fórmulas precocinadas y sencillas (que hasta las niñas pequeñas entienden), incluso los hombres podrían llegar a cocinar cosas ricas y saludables. Aunque esta afirmación es solo es una teoría conspiranoica mía.
Me molestan estos anuncios de forma especial por el hecho de que habría resultado muy sencillo plantearlos de una forma no sexista. Ya que la marca se ha tomado la molestia de grabar dos versiones muy similares del mismo anuncio, no habría costado nada que uno de ellos lo protagonizara una niña y el otro un niño. Ambos podrían llamar a sus progenitores (“Mamá, papá, mirad lo que hago”) y no sólo a mamá. Y en la mesa cenando podrían estar interactuando los cuatro. Como la propuesta no sexista habría sido así de simple, no puedo evitar sentir que está grabado así de forma deliberada y consciente.
Bloque 2. Mujeres que exhiben con orgullo sus logros culinarios y sus madres se muestran muy complacidas al ver lo bien que han educado a sus hijas.
Sopa de sobre
Pastillas de avecrem
En el primer anuncio vemos cómo una madre increpa a su hija el hecho de que sirva para cenar una sopa de sobre. La hija, segura de sí misma y de su labor como ama de casa (al fin y al cabo, ya es madre también) comenta las maravillas de la marca en cuestión, tan buena que sus sopas alcanzan el nivel de calidad y sabor de una “sopa de madre”. La familia sigue siendo un ornamento; en este caso, la destinataria de las delicias de la madre. Cabe señalar que, tanto en estos anuncios como en los anteriores, se nos muestran familias que reflejan el esquema tradicional heteronormativo, es decir: papá, mamá, niño y niña y, en este caso, la abuela.
Además, el anuncio está sazonado con algunos tópicos, como que la madre de la madre (la abuela) sea una entrometida y que, a pesar de ser una invitada en la mesa de su hija, tenga que acercarse al puchero a opinar, comentar y criticar. Además, no sólo es madre, también es suegra y, cuando hace el comentario jocoso de que se va a quedar a vivir allí con ellos, el padre y el hijo manifiestan algún tipo de reacción (entendemos que de desaprobación). Estas distintas representaciones de las mujeres no nos benefician en absoluto, puesto que refuerzan estereotipos sexistas que siguen calando en la sociedad, por muy ridículos y descarados que resulten.
En el segundo anuncio vemos a unas mujeres de aspecto cuidado y edad indefinida que conversan en una cocina (¿dónde si no?) en torno a un fogón que calienta un puchero. La cocina, a pesar de estar en uso, se encuentra impecable, así como la cocinera. No vemos trapos sucios, delantales, salpicaduras o extractores de humos; sólo un puchero apetitoso y unas señoras que irradian glamour. Parece que el anuncio nos quiera convencer de que realizar las tareas domésticas y mostrarse elegante al mismo tiempo no son cosas reñidas. Si estas mujeres pueden hacerlo, ¿por qué no las demás? Las dos mujeres invitadas (quienes parece que no tengan ninguna otra ocupación, como un trabajo, por ejemplo) interrogan a la anfitriona sobre sus secretos para hacer una comida tan suculenta. La señora de la casa comparte con sus amigas su truco ante la presencia de su orgullosa madre, quien las alecciona desde su posición superior de ama de casa experimentada.
Además, cabe señalar que las actrices que interpretan a la madre y a la hija en este anuncio son dos figuras públicas de referencia para muchas mujeres de España, puesto que sus programas de televisión, emitidos en la franja horaria matinal, clásica de las amas de casa, tratan de abordar todos aquellos temas relacionados con el “universo femenino” (aspecto físico y salud, productos “para mujeres”, cuidado personal y de la familia, recetas de cocina, etc.).
Para conseguir que estos dos anuncios y otros del mismo estilo no sean sexistas, bastaría con unas sencillas pautas. La más importante y eficaz sería mostrar realizando las diversas tareas domésticas tanto a hombres como a mujeres de distintas edades. Además, el resto de personas que figuran no siempre tendrían que ser madres, hijos o maridos: podríamos ver a abuelos con nietas, a compañeros de piso, a jóvenes con perros, y un largo etcétera. Cualquier combinación debería ser perfectamente admisible, puesto que la diversidad en los hogares es una realidad social. Además, aunque los anuncios con glamour y las cocinas grandes, luminosas e impecables son una delicia para la vista, no estaría de más mostrar contextos más realistas o personas vestidas de una forma más acorde a la tarea que están desempeñando. Además, sería positivo mostrar a hombres y mujeres atendiendo a sus hijos y cuidando de sus hogares y que, además, tuviesen otro tipo de ocupación (trabajos, aficiones, otras cosas que los definan).
En conclusión, se trataría de reflejar una visión de la sociedad más realista, más acorde a estos nuevos tiempos, más libre de prejuicios y estereotipos. Y, aunque es cierto que en muchos hogares se sigue manteniendo un estatus tradicional, los medios deberían ejercer un papel crítico mostrando que otro mundo es posible.
Segundo: La representación de la Madre en publicidad
Hace apenas unas décadas, el confinamiento de las mujeres al estrecho espacio de su hogar limitaba su desarrollo como personas, les colocaba un techo invisible que les impedía progresar, soñar, crecer. Todo atisbo de ambición que hubiese en ellas se diluía en esta situación de encierro y se producía una despersonalización, una pérdida de identidad, una terrible confusión. Las revistas, la radio y, en especial, la televisión (con franjas especiales destinadas a las mujeres, que se encontraban en el hogar durante el horario laboral), gobernadas por la normativa del patriarcado, conseguían convencer a estas mujeres de que su verdadera misión se encontraba en el hogar. Les inculcaban un rol que acababan asumiendo convencidas de que era lo mejor para ellas y para sus familias (sin las cuales, ellas no eran nada).
A día de hoy, aunque los cambios sociales hacia la igualdad presentes en nuestra sociedad son innegables, todavía son insuficientes. Por ejmeplo, podemos apreciar cómo los medios de comunicación todavía siguen transmitiendo estereotipos sexistas muy perjudiciales y dañinos para las mujeres, especialmente para las niñas y adolescentes, que todavía están descubriendo el mundo y forjando su identidad.
Por ello, quiero realizar un breve análisis de una serie de anuncios televisivos con los que las cadenas nos bombardean diariamente y que me producen un verdadero malestar, así como una profunda impotencia.
En primer lugar, los anuncios más habituales que nos encontramos al encender un televisor son los de productos de limpieza. En ellos, una persona se encuentra en la tesitura de tener que eliminar una mancha terrible y, en medio del caos y la suciedad, la ayuda se manifiesta en forma de producto milagroso. Hasta aquí todo correcto. Hemos pasado por diversos estilos de anuncio a lo largo de los últimos años: los personajes que aparecen son varias mujeres en el hogar, o es un hombre el apurado y la mujer la salvadora, e incluso en ocasiones es un hombre el salvador, como en el caso del famoso mayordomo. De hecho, son muchas las personas que encuentran cierto equilibrio en este tipo de anuncios, puesto que podemos ver a hombres y a mujeres “por igual”. Por poner un ejemplo, en uno de los anuncios del producto del “cacito”, efectivamente nos encontramos a un hombre y a una mujer ante la lavadora. Pero, aunque las diferencias parezcan sutiles, desde una perspectiva crítica son abismales. Él es un hombre decidido, autosuficiente y versátil, capaz de lavarse su propia ropa y de dar consejos a otros. Sin embargo, la frase exacta de ella es “mi marido ha traído esta mancha de aceite”. Con ese simple detalle, el anunciante ha conseguido mostrarnos a una mujer dependiente, que lava para otras personas, que cuida del hogar mientras el marido gana el pan fuera. La representación de ambos géneros en un simple anuncio de escasos segundos es totalmente asimétrica.
Lo mismo ocurre en los anuncios en los que una mujer de mediana edad, arreglada pero discreta y sin salir de su cocina, se siente agobiada porque su vitro ya no brilla como antes, o su lavavajillas huele fatal. Este hecho le provoca culpabilidad y vergüenza. Ella, como mujer que es, atiende a sus tareas del hogar lo mejor que puede pero, ante una circunstancia así, recurre al “experto”, que es un hombre. En uno de tantos, el “experto” acude al hogar a aleccionar a esta mujer a la que, de paso, acusa de rácana por no comprar el producto que recomiendan los fabricantes, ante la inquisidora mirada de la madre de ella. En ningún caso podía faltar la madre, quien, por el simple hecho de ser madre, es conocedora de todo lo que tenga que ver con el cuidado del hogar a pesar de que, cuando tenía la edad de su hija, ni siquiera existían los lavavajillas. El “experto” reprende a la mujer, su madre asiente avergonzada (no consigue entender cómo su hija es tan torpe e inútil) y la mujer, resignada, emplea el producto que salva su dignidad como ama de casa. Existen variantes, puede ser una amiga la que saque los colores a la anfitriona (con amigas así, ¿quién quiere enemigas?) o incluso podemos llegar a ver cómo una mujer pide disculpas a su lavavajillas por haberlo tenido tan desatendido (WTF!).
Aquí teneis unos cuantos ejemplos: ¿Por qué tapas la vitro, hija mía?, Finish, pruébalo y juzga tú misma, mujer, Con vitroclen tu cocina y tú no daréis pena, Hace falta estudiar mucho para saber que la mierda mancha, Qué sexy te pones cuando lo intentas, etc.
Podemos comprobar cómo los anuncios están dirigidos siempre a ellas. Por eso, cabe destacar que, si este tipo de anuncio es tan dañino, no es únicamente porque encasille a la mujer en un rol anticuado y sexista que limita sus movimientos a los metros cuadrados de baldosa de su cocina. Es porque, además, trata de inculcar a las telespectadoras un sentimiento de responsabilidad hacia el “brillo” de su hogar. Es decir, que por mucho que hoy en día los hombres se sientan concienciados y colaboren a partes iguales en las tareas de limpieza, la responsabilidad última, sobre todo en caso de conflicto, siempre es de la mujer. Algo tan simple como la expresión “ellos deberían ayudar más en casa” implica que la tarea es de ellas. Y esto debe acabar.
En segundo lugar, me gustaría hacer hincapié en la figura de la Madre. La Madre, con mayúscula. Ya hemos comentado su papel de transmisora del rol de “buena mujer” hacia las siguientes generaciones, y de supervisora de que se cumpla. Pero ahora quiero centrarme en esos anuncios dirigidos a las Madres. Esas mujeres que, por arte de magia, son conocedoras de todo lo ancestral, de lo humano y lo divino, por el simple hecho de haber parido. Por supuesto, no pretendo quitarle valor a esa experiencia, ni desmerecer el importantísimo papel de las madres y de los padres que se desviven por su prole y son capaces de compaginar trabajo, estudios, casa, vida social, hijos y perro. Tan solo trato de sacar a la luz una campaña de elogio hacia la mujer tradicional que, ante todo, es Madre y que, al mismo tiempo, implica un desprestigio hacia aquella que no lo es o que ha decidido que nunca lo será.
Mediante estos anuncios, da la sensación de que una mujer que no es Madre poco sabe de la vida, todavía es una alocada, irresponsable y despreocupada que tiene mucho que aprender. Solo se preocupa de estar perfectamente depilada, de no perderse una fiesta y de llevar un sujetador a juego con el color de sus ojos. Y todo ello para salir al mercado de lo sexual y encontrar a ese hombre que al fin la haga Madre. En cambio, a la que ya es Madre se la muestra como una mujer totalmente dedicada a la causa, que solo vive para darles a sus hijos lo mejor y para sacrificarse por todos. Está dispuesta a dejar de lado su trayectoria profesional, sus ambiciones, sus aficiones e incluso a sus amigas por estar siempre disponible para sus hijos, que son lo único que importa. Alguna incluso es capaz de estar sexualmente perfecta para la noche, cuando su marido llega del trabajo y los niños ya están acostados. Está claro que, a estas madres, cualidades no les faltan. Y son capaces de hacerlo todo con una cálida sonrisa.
Un ejemplo aberrante de este tipo de mensaje es este anuncio de leche materna en polvo, una fórmula ultra-mejorada que es lo mejor para el niño (varón). Ella, “como Madre, sabe lo que es mejor para su hijo”. No necesita estudiar, ni saber nada de química, ni preguntarle a un médico. Tan solo parir. Como una epifanía, la sabiduría la invade. El poder de la Madre todo lo puede. Es algo instintivo y casi sobrenatural. De hecho, todavía no he visto un anuncio en el que digan que “tú, como Padre, también sabes de qué va esto”. Los padres podrán implicarse en la educación y cuidado de los hijos, pero nunca estarán a la altura (parece que nos quiera decir este tipo de anuncio). No obstante, para rematar, el anuncio nos muestra a un grupo de “expertos” (una vez más, casi todo hombres) en un laboratorio, en bata y mirando por sus microscopios, trabajando muy duro por encontrar la clave de la leche perfecta, la que se parezca lo más posible a la de la Madre. Poco más que añadir, salvo otro ejemplo: tú eres la primera, mamá.
Por último, me gustaría hablar también sobre ciertos anuncios de galletas. El desayuno es uno de los momentos estelares de la Madre. Mientras el marido y los hijos se preparan para su trabajo y colegio respectivamente, ella dirige la acción de la familia desde su cocina, como una directora de orquesta. Sabe qué es lo mejor para ellos y se lo proporciona (aquí hablo de galletas, pero pueden ser yogures o batidos). En un anuncio en particular, el de Galletas Lulú, cursis a más no poder, podemos ver a un osito de dibujos despertando al pequeño hijo varón. Después lo acompaña a la cocina, donde lo espera su Madre sonriente (y muda) con el desayuno perfecto preparado. Como guinda del pastel, la Madre se despide de su pequeño por la ventana de la cocina; el niño se mete en el coche y el padre-marido (que pasa por el anuncio como un rayo) le lanza un beso con la mano. Ella se queda sola (bueno, con el oso imaginario), perfectamente arreglada, expectante, contemplando la vida a través del cristal de su ventana, satisfecha con su misión cumplida.
Y ya para terminar, aunque no venga mucho a cuento, quiero mostraros el anuncio de Dora, sirena de verdad, ya, puesto que ha sido mi favorito de esta última campaña navideña, pero no por el juguete en sí, ni por las fantasias animadas de la cría, perfectamente comprensibles (¿quién no ha soñado alguna vez con ser sirena y salir a nadar y perderse un rato por los océanos?). Lo que me apasiona del anuncio es la Madre extasiada al contemplar a su pequeña princesa. No cabe en sí de gozo. Me declaro fan.
Como conclusión, quiero señalar que estos anuncios son peligrosos y dañinos precisamente porque no es fácil percibir maldad en ellos. Muchas personas podrán pensar que son bonitas piezas audiovisuales que ensalzan a las amas-de-casa-madres y les dan el reconocimiento que merecen. Por eso considero fundamental y necesario encender el televisor con espíritu crítico y sacar a la luz estos fenómenos. Es esencial que los más pequeños no vean en estos anuncios los modelos de masculinidad y feminidad que deben imitar y aprender, y que sean capaces de construir su identidad en base a su propio criterio, sin la influencia de estos estereotipos anticuados y sexistas. De ahí la gran importancia que tiene una educación por la igualdad desde el hogar y las escuelas.
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jueves, 15 de enero de 2015
Sobre los piropos
El observatorio de la Violencia de Género propone erradicar los piropos por ser considerados una invasión a la intimidad de la mujer. Como era de esperar, esta petición ha resultado ser muy controvertida y ha dado que hablar. Mucha gente no ve una actitud sexista en el piropo, sobre todo aquellas personas que los regalan con todo su cariño y buena intención. A mi me encanta decirle a la gente lo guapa que está o lo estupendo que me ha resultado un escrito suyo, por ejemplo. Pero si intentamos comprender la noticia en su contexto, el asunto tiene mucha más miga.
Bajo una perspectiva feminista crítica, entendemos que nuestra sociedad está construida desde un punto de vista androcéntrico y heteronormativo, es decir, que considera al hombre heterosexual como centro de referencia cultural y social. Esta visión define al hombre como un sujeto activo, participativo y dueño de su vida, y a la mujer como un objeto (o sujeto pasivo), dependiente de otras personas y cuyo ser gira en torno a su sexualidad. Basta con encender el televisor unos minutos para darnos cuenta de que los medios siguen perpetuando estos estereotipos de forma cada vez más grotesca. Si alguien tiene interés en profundizar en este fenómeno, le recomiendo que vea el documental Miss Escaparate que, aunque esté sustentado en datos norteamericanos, no olvidemos que nuestra cultura bebe de la suya demasiado. El tratamiento que hacen los medios de comunicación de la imagen de las mujeres que han alcanzado cierto poder o estatus profesional es vergonzoso. Y lo más triste es que a nadie le sorprende. Poco se habla de sus méritos o logros, pero sí de sus obligaciones como mujeres (madres y esposas), de su aspecto físico o de su deseabilidad sexual, entre otras cosas. No entro a valorar si de una presentadora de noticias se dice que "está como un queso" o "es una gorda arpía". Aunque lo primero es un piropo y lo segundo un insulto, ambos comentarios invaden su intimidad, la cosifican y la devalúan no solo como profesional, también como persona.
Sin cruzar el charco y sin encender el televisor podemos encontrar casos similares en nuestro entorno diario. La siguiente situación está basada en hechos reales:
Una nueva empleada, una joven ingeniera, hace su aparición en la oficina. Un grupo de compañeros, hombres todos, comentan su llegada.
- Vaya culazo.
- Pues sí que está buena la nueva.
- Tiene una voz un poco estridente. Si supiera estar calladita, me la follaría (asumimos que un grupo de chicos, en petit comité, no se anda con finuras).
Risas mil.
Mientras tanto, las compañeras mujeres la miran con recelo. Si a "la nueva" la consideran poco agraciada, enseguida dirán que es maja y pedirán a los chicos que la dejen en paz "a la pobre" (bastante tiene con lo suyo). Si por el contrario es delgada y atractiva, afirmarán que es una engreída y manifestarán odio hacia ella y hacia los hombres que la admiran. "Sois todos iguales, unos cerdos". Nadie comenta en qué universidad completó sus estudios, si habla idiomas, si tiene experiencia, o cosas así...
Ellos han asimilado que está bien comentar los cuerpos de las mujeres y su grado de deseabilidad. Además, también parecen tener bien asumido que son sujetos activos hasta el punto de que la opinión de ella ni cuenta ("me la follaría"; obviamente, ella no va a decir que no, ¿verdad?). Mientras, a nosotras nos han enseñado a ser competitivas, de ahí la fama que tenemos de ser malvadas y envidiosas, especialmente cuando trabajamos juntas.
Todo esto no son más que estereotipos concentrados en una anécdota. Sé que muchos y muchas no sois así, pero seguro que habéis vivido numerosas situaciones similares o, al menos, las habéis visto reflejadas en televisión. Y si no, os pido que, a partir de ahora, os fijéis con más atención porque, por sutiles que parezcan estas situaciones, se manifiestan en nuestro entorno con frecuencia.
El hecho de que el cuerpo de una mujer sea considerado un objeto que puede ser comentado y evaluado es algo que he comprobado en mis propias (y abundantes) carnes a lo largo de mi vida y especialmente ahora, durante el embarazo. Ignoraba que el hecho de estar embarazada otorgara a la gente de mi entorno una especie de carta blanca para decirme lo que sea, cualquier cosa, por grosera que suene. Bastante gente resalta mi hermosura asociada a la plenitud de traer una nueva y deseada vida al mundo, y es de agradecer. Me encanta proyectar felicidad. Pero claro, el embarazo lleva asociado un factor colateral inevitable, que es la gordura. Evidentemente. No vamos a llevar a la criatura en un bolso. Y aquí es donde la cosa se complica, porque todos sabemos el efecto de aversión que provocan las tallas grandes en la gente. Ya he tenido que escuchar comentarios como "recuerda que no debes comer por dos, ¿eh?", "¿solo estás de 6 meses y ya tienes esa barriga? Estás gordita, ¿eh?", "no dejes crecer tanto a la niña, que ya verás luego para parirla" y otras tantas estupideces por el estilo. No importa que yo sea obediente y siga a rajatabla los consejos de mi médico, que me cuide y que los resultados de mis analíticas sean estupendos. Porque las gordas no tenemos credibilidad ninguna. Está claro que si estamos gordas es porque estamos haciendo algo mal. Y la gente siente que es su deber advertirnos de los grandes riesgos que corre nuestra salud por el sobrepeso (cuando ninguna de estas personas se han interesado jamás por mis análisis ni por la opinión de mi médico quien, por cierto, considera que mi peso es correcto). La salud es la eterna excusa para enarbolar la bandera de la gordofobia. Además, a mí no me molesta que me describan como gorda, puesto que es un hecho objetivamente cierto. Tengo ahora mismo una hermosa panza que alimenta y protege a mi hija. Lo que me disgusta es que, en nuestro mundo, el calificativo "gorda" lleve asociadas otra serie de características como vaga, descuidada, glotona, tramposa e irresponsable, por nombrar algunas. Así de bruta es la gente gordófoba. Sin criterio, cegada por los prejuicios. Es terrible lo dañino que puede resultar esto para mujeres inseguras, con la autoestima baja y con poca fortaleza. Y, aunque a mí estas cosas no me afectan, debo seguir luchando por mis compañeras.
Como conclusión, quiero remarcar que, en mi opinión, los piropos de buena fe, cariñosos, educados y que hacen alusión a diversos aspectos de nuestro ser, en un clima de confianza, siempre son agradables de escuchar. Por el contrario, aquellos comentarios relacionados únicamente con el aspecto físico y la sexualidad de una mujer los considero invasivos, desagradables y totalmente inapropiados. No tanto por los comentarios en sí (hay gente ingeniosa que suelta algunos bien originales) sino por que sostienen la creencia de que no hay nada malo en comentar públicamente el cuerpo de las mujeres, para bien y para mal. Aquellos que sueltan piropos a mujeres hermosas no se sentirán especialmente cohibidos para proferir insultos a aquellas que no lo sean tanto.
Bajo una perspectiva feminista crítica, entendemos que nuestra sociedad está construida desde un punto de vista androcéntrico y heteronormativo, es decir, que considera al hombre heterosexual como centro de referencia cultural y social. Esta visión define al hombre como un sujeto activo, participativo y dueño de su vida, y a la mujer como un objeto (o sujeto pasivo), dependiente de otras personas y cuyo ser gira en torno a su sexualidad. Basta con encender el televisor unos minutos para darnos cuenta de que los medios siguen perpetuando estos estereotipos de forma cada vez más grotesca. Si alguien tiene interés en profundizar en este fenómeno, le recomiendo que vea el documental Miss Escaparate que, aunque esté sustentado en datos norteamericanos, no olvidemos que nuestra cultura bebe de la suya demasiado. El tratamiento que hacen los medios de comunicación de la imagen de las mujeres que han alcanzado cierto poder o estatus profesional es vergonzoso. Y lo más triste es que a nadie le sorprende. Poco se habla de sus méritos o logros, pero sí de sus obligaciones como mujeres (madres y esposas), de su aspecto físico o de su deseabilidad sexual, entre otras cosas. No entro a valorar si de una presentadora de noticias se dice que "está como un queso" o "es una gorda arpía". Aunque lo primero es un piropo y lo segundo un insulto, ambos comentarios invaden su intimidad, la cosifican y la devalúan no solo como profesional, también como persona.
Sin cruzar el charco y sin encender el televisor podemos encontrar casos similares en nuestro entorno diario. La siguiente situación está basada en hechos reales:
Una nueva empleada, una joven ingeniera, hace su aparición en la oficina. Un grupo de compañeros, hombres todos, comentan su llegada.
- Vaya culazo.
- Pues sí que está buena la nueva.
- Tiene una voz un poco estridente. Si supiera estar calladita, me la follaría (asumimos que un grupo de chicos, en petit comité, no se anda con finuras).
Risas mil.
Mientras tanto, las compañeras mujeres la miran con recelo. Si a "la nueva" la consideran poco agraciada, enseguida dirán que es maja y pedirán a los chicos que la dejen en paz "a la pobre" (bastante tiene con lo suyo). Si por el contrario es delgada y atractiva, afirmarán que es una engreída y manifestarán odio hacia ella y hacia los hombres que la admiran. "Sois todos iguales, unos cerdos". Nadie comenta en qué universidad completó sus estudios, si habla idiomas, si tiene experiencia, o cosas así...
Ellos han asimilado que está bien comentar los cuerpos de las mujeres y su grado de deseabilidad. Además, también parecen tener bien asumido que son sujetos activos hasta el punto de que la opinión de ella ni cuenta ("me la follaría"; obviamente, ella no va a decir que no, ¿verdad?). Mientras, a nosotras nos han enseñado a ser competitivas, de ahí la fama que tenemos de ser malvadas y envidiosas, especialmente cuando trabajamos juntas.
Todo esto no son más que estereotipos concentrados en una anécdota. Sé que muchos y muchas no sois así, pero seguro que habéis vivido numerosas situaciones similares o, al menos, las habéis visto reflejadas en televisión. Y si no, os pido que, a partir de ahora, os fijéis con más atención porque, por sutiles que parezcan estas situaciones, se manifiestan en nuestro entorno con frecuencia.
El hecho de que el cuerpo de una mujer sea considerado un objeto que puede ser comentado y evaluado es algo que he comprobado en mis propias (y abundantes) carnes a lo largo de mi vida y especialmente ahora, durante el embarazo. Ignoraba que el hecho de estar embarazada otorgara a la gente de mi entorno una especie de carta blanca para decirme lo que sea, cualquier cosa, por grosera que suene. Bastante gente resalta mi hermosura asociada a la plenitud de traer una nueva y deseada vida al mundo, y es de agradecer. Me encanta proyectar felicidad. Pero claro, el embarazo lleva asociado un factor colateral inevitable, que es la gordura. Evidentemente. No vamos a llevar a la criatura en un bolso. Y aquí es donde la cosa se complica, porque todos sabemos el efecto de aversión que provocan las tallas grandes en la gente. Ya he tenido que escuchar comentarios como "recuerda que no debes comer por dos, ¿eh?", "¿solo estás de 6 meses y ya tienes esa barriga? Estás gordita, ¿eh?", "no dejes crecer tanto a la niña, que ya verás luego para parirla" y otras tantas estupideces por el estilo. No importa que yo sea obediente y siga a rajatabla los consejos de mi médico, que me cuide y que los resultados de mis analíticas sean estupendos. Porque las gordas no tenemos credibilidad ninguna. Está claro que si estamos gordas es porque estamos haciendo algo mal. Y la gente siente que es su deber advertirnos de los grandes riesgos que corre nuestra salud por el sobrepeso (cuando ninguna de estas personas se han interesado jamás por mis análisis ni por la opinión de mi médico quien, por cierto, considera que mi peso es correcto). La salud es la eterna excusa para enarbolar la bandera de la gordofobia. Además, a mí no me molesta que me describan como gorda, puesto que es un hecho objetivamente cierto. Tengo ahora mismo una hermosa panza que alimenta y protege a mi hija. Lo que me disgusta es que, en nuestro mundo, el calificativo "gorda" lleve asociadas otra serie de características como vaga, descuidada, glotona, tramposa e irresponsable, por nombrar algunas. Así de bruta es la gente gordófoba. Sin criterio, cegada por los prejuicios. Es terrible lo dañino que puede resultar esto para mujeres inseguras, con la autoestima baja y con poca fortaleza. Y, aunque a mí estas cosas no me afectan, debo seguir luchando por mis compañeras.
Como conclusión, quiero remarcar que, en mi opinión, los piropos de buena fe, cariñosos, educados y que hacen alusión a diversos aspectos de nuestro ser, en un clima de confianza, siempre son agradables de escuchar. Por el contrario, aquellos comentarios relacionados únicamente con el aspecto físico y la sexualidad de una mujer los considero invasivos, desagradables y totalmente inapropiados. No tanto por los comentarios en sí (hay gente ingeniosa que suelta algunos bien originales) sino por que sostienen la creencia de que no hay nada malo en comentar públicamente el cuerpo de las mujeres, para bien y para mal. Aquellos que sueltan piropos a mujeres hermosas no se sentirán especialmente cohibidos para proferir insultos a aquellas que no lo sean tanto.
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martes, 11 de marzo de 2014
Una transición en femenino
Quiero compartir con vosotros la obra Una transición en femenino realizada en un taller de guión y producción de documentales científicos de la Universidad de Zaragoza.
Últimamente me siento como si viviera predicando en el desierto. Los medios, las modas y el desconocimiento generalizado, entre otras cosas, han provocado que los movimientos feministas sean infravalorados, despreciados e incluso tachados de "radicales" en un sentido equivocado. Una verdadera lástima.
Las personas feministas luchamos por la igualdad asumiendo las diferencias que nos hacen únicas, queremos romper con los estereotipos y las etiquetas, que suponen un foco de conflicto y odio, y trabajamos por una educación para todos basada en el respeto, la tolerancia y la igualdad de oportunidades. Mientras sigamos viviendo en una sociedad sometida por creencias sexistas, la lucha no puede parar. Y no hace falta que os asegure que el machismo sigue presente en nuestro día a día, porque lo estamos viviendo todos.
A raíz de la celebración del Día de la Mujer Trabajadora el pasado 8 de marzo han surgido actos, protestas y manifestaciones a lo largo y ancho de la península sobre diversos temas como, por ejemplo, el derecho de las mujeres a tomar decisiones sobre su propio cuerpo. En el documental podéis ver cómo las madres de los movimientos feministas de España llevan en pie con esa lucha más de 30 años. Ya es hora de que les cojamos el testigo.
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